“Mi barrio es Escalada”, dice Agnelo de Deus Nascimento Almeida en una larga charla que brinda con Brown On Line este hombre nacido en Mindelo, Sao Vicente, una de las tantas islas de Cabo Verde, cuyo representante futbolístico se medirá este viernes con la Selección Argentina en el Mundial 2026. Casi nadie sabe su nombre porque para todos este caboverdeano es “El Portu”, naturalizado argentino en los años 70, un hombre enamorado de esta tierra, pero también alguien que no olvida su origen. “Yo soy pobre, no puedo hinchar para Argentina porque la Selección es rica. Para Cabo Verde sería histórico poder seguir avanzando en el Mundial y alegraría mucho a la gente y sus jugadores. No puedo fanatizarme con los súper millonarios, tengo que ser coherente con mi historia de vida, a pesar de que sufro con lo que le pasa a Argentina, con lo que la derecha le está haciendo ahora. La verdad es que no puedo fallarle a mi corazón, que está del lado izquierdo: quiero que gane Cabo Verde”.
Si a alguien no le gusta escuchar a una persona sincera, entonces no debe hablar con Agnelo. Porque el tipo va de frente y apenas pueda hablará de política, de su militancia activa como obrero de la industria gráfica, de su rol de jubilado castigado por el gobierno de Javier Milei: fue impresor en editoriales desde los tiempos en que ese sindicato era presidido por Raimundo Ongaro y aún hoy se reúne con compañeros del SIndicato de los Gráficos, jubilados ya.
“Es mentira que los pobres tienen opción. Yo pude comprarme un terreno donde en ese momento se dio la chance, en Burzaco y ahí fui, me hice una casa, formé parte de la comisión de San Martín de Burzaco y debo decir con sinceridad que fue una pequeña anécdota en mi vida; mi barrio es Remedios de Escalada Este”, dice este hombre vital y sanguíneo que llegó en barco a Buenos Aires cuando tenía 7 de los 82 años que luce ahora sin parecerlos.
“En Cabo Verde la gente es muy buena”, dice de la tierra de Cesárea Évora y canta una canción que no es de Cesárea pero le despierta algún grato recuerdo de la tierra, en la que ahora, mientras nos ajustamos la bufanda, vemos que hace 28 grados. La misma cualidad de bondad humana que le atribuye a su país de origen la dirá Agnelo respecto de Escalada. “En Escalada sino eras bueno, los vecinos te hacían bueno a la fuerza”.
Recuerda el cine de su barrio, se acuerda cuando el velódromo de Escalada no era más que un terreno llamado “la laguna de petróleo”: un lugar con desechos del ferrocarril al que cada tanto prendían fuego. Hoy va allí con su bicicleta a girar o a caminar en las tardes de verano. “Escalada no es un barrio cualquiera: todos los de Lanús vienen acá, cruzan Pavón y se vienen. Ahora mejoró mucho esa zona”, dice Agnelo, que vive cerca del Cementerio donde un mural de Diego Maradona recuerda aquel gol antológico a los ingleses en 1986. Eso nos lleva a hablar de fútbol, un tema que en rigor de verdad no le apasiona tanto: lo considera un instrumento de dominación ejercido desde los centros de poder, aunque guarde ese comentario en rueda de amigos.
Actual campeón de Burakko y de truco, trabajador incansable, obsesivo de la prolijidad, dio clases de tejido en bastidor en la UNLa, es padre de tres hijos y un nieto de rulos al viento al que llama Tomito. Agnelo está acompañado por Cris, que en breve tenderá sobre la mesa de la cocina su té de todas las tardes y él lo beberá mientras hablamos de Cabo Verde, del arquero Vozinha, de los 530 mil habitantes que tiene ahora ese país de mar azul y arenas blancas, de los más de 900 mil que viven fuera de allí.
Recuerda Agnelo su niñez en la playa, una tarde en la que fue atropellado por un auto conducido por una familia inglesa. Todavía le resuena el sabor de la torta de chocolate que le dieron para reanimarlo tars el golpe. Y recuerda el viaje en barco hasta Argentina, que duró largas semanas. Se golpeó en el barco y se desvaneció. Despertó sobre un mostrador, tal vez animado con grogue, una bebida destilada hecha con caña de azúcar. Recuerda el cura que venía en el barco, que hacía rezar a todos cuando la gente, llena de miedo, no tenía más remedio que creer en alguien superior para salvarse de las tempestades del océano y del destino incierto en tierra firme.
Cabo Verde era un lugar desértico al que lo poblaron más 20 familias desde Portugal, con sus esclavos. El comercio de esclavos era una actividad normal para la época y tuvo allí.
Jubilado de la industria gráfica, habla de política en términos de derecha e izquierda: para Agnelo la política es el tema que lo mueve y lo conmueve. “El cáncer de este mundo es la derecha. Si hubiera gobernado la derecha en aquellos años, la UNLa hoy sería un lugar con departamentos para los ricos».
Su padre era navegante: Juan de Deus fue quien primero llegó a Argentina y un tiempo después desembarcó aquí con cuatro de sus seis hijos, entre ellos Agnelo, luego vinieron dos más. “Cabo Verde es una tierra pobre, fue híper explotada y es una tierra pobre de islas de formación volcánica. Es muy complejo el progreso económico en esas condiciones, por eso con la familia llegamos a Argentina”, cuenta. “A Cabo Verde llegaban los esclavos desde África y ahí los amansaban y los embarcaban a otros destinos. Es un mal ejemplo de lo que ha hecho el blanco, étnia que ha cometido las peores atrocidades de la historia. Hoy en día lo siguen haciendo”.









